Un duelo caótico
Ahora sé que mi duelo será caótico.
Mourning Diary (Roland Barthes)
Fleabag (Phoebe Waller-Bridge) está sentada en un confesionario, con un vaso de whisky en la mano, flirteando con el Hot Priest (Andrew Scott). Tras un listado bastante extenso de “pecados”, Fleabag balbucea aquel nudo que lleva atravesado en la garganta: “Y… yo… No puedo…”. Entre palabras recortadas, vemos imágenes de su mejor amiga Bu, cuya muerte ha dejado una mezcla de vacío y culpa. La confesión, agujereada por pausas y silencios, solo logra articular una idea: “Aterrada… Olvidar cosas. Personas. Olvidar personas”, le dice Fleabag.
Aprieto el botón de pausa y dejo que las palabras resuenen en la sala. Echada en un sofá que claramente no ha sido pensado para algo más que estar sentada por un par de horas, extiendo las piernas intentando que baje la intensidad de la punzada que siento en la espalda, casi tan fuerte como la que he sentido en el estómago en los últimos días. Me muevo lo menos posible para que Sancho, cuya cabeza descansa sobre mi pecho, no se despierte. El peso de mi Beagle—uno que sin duda tiene algún porcentaje de Basset Hound y pesa algunos kilos más que los Beagle regulares—logra distribuirse. Aunque he sido lo más cuidadosa que he podido, Sancho ha sentido el movimiento; levanta un poco su cabeza y entreabre sus ojos, pero rápidamente se entrega a la fuerza de la gravedad y vuelve a dejar caer su peso en mi pecho. Lo veo volver a cerrar sus ojos y siento cómo su respiración se hace cada vez más honda. Lo miro en esos minutos en que parece que se ha olvidado del dolor y logra entregarse al sueño. “Tranquilo, gordito, aquí estoy. Duerme”. Intento registrar este momento, grabar en mi memoria la imagen de mi perrito, el compañero con quien he compartido los últimos once años, durmiendo tranquilamente sobre mi pecho.
La primera vez que vi ese capítulo de Fleabag la parte de la confesión que más me conmovió fue aquella en la que la protagonista revelaba lo perdida que se sentía. Quería que alguien le diga cómo vestirse todos los días, qué comer, qué le debe gustar y que debe odiar, por quién votar, qué música escuchar, en qué creer, a quién amar… Tal vez, conectaba con esa forma particular de desesperación, la de alguien que ha sido sacudida en sus cimientos, y que busca una guía que le permita reconstruirse. En ese momento, las líneas en que, entrecortadamente, Fleabag confesaba su miedo a olvidar me parecía un desliz en la maravillosa escritura de Phoebe Waller-Bridge, casi como un error de escritura. ¿Por qué comenzar con algo tan básico?
“Time is the school in which we learn”, dice un poema de Delmore Schwartz. El tiempo ha pasado y, de pronto, me veo recordando con particular claridad esas primeras oraciones. Frente a la pérdida, tan profunda e inexorable, esas palabras que por mucho tiempo no hicieron click conmigo, llegaron cargadas de sentido.
A solo unos días de enfrentar una pérdida de lo más dolorosa, yo también me siento aterrada de olvidar.
***
A Sancho lo adopté unos meses después de la partida de Tom, un Beagle tan hermoso como tragón, el primer perrito de la familia. Tom dejó un gran vacío y un amor que, de pronto, no había hacia dónde dirigir. El vacío que había dejado Tom requería otro acto de amor, otro perrito que pudiera recibirlo, no como un reemplazo, sino casi como un homenaje y como una forma en que una familia podía atravesar el duelo. Así, empecé a husmear páginas de adopciones de perritos y me topé con la foto de Sancho: un Beagle de cuatro años, que había sido abandonado por su familia y estaba en un temporal en el que le quedaba poco tiempo.
Los primeros días en casa Sancho fue mi sombra. Dormía haciendo contorsiones en un rincón entre mi lado de la cama y la mesa de noche. Me seguía hacia la puerta del baño cuando entraba a ducharme. Y, obviamente, me perseguía por la cocina cuando iba a servirme algo de comer. A diferencia de su homónimo, compañero de aventuras de La Mancha, era de lo más astuto; tenía una aguda inteligencia para entender las rutinas de la casa, para leernos y entender nuestras dinámicas. Pronto, se dio cuenta de que la primera en bajar a la cocina en las mañanas era mi mamá. La esperaba pacientemente mientras ella se hacía el desayuno, en busca de algún premio por la compañía matutina. También, notó que, una vez que mi mamá prendía la cafetera, ya no habría comida en la mesa, así que rápidamente volvía a subir a tomar la primera siesta del día. Al igual que su homónimo, estaba muy conectado con sus necesidades primarias. La comida era indiscutiblemente su prioridad. La mayoría de sus travesuras han implicado el hurto de algún comestible, incluidos bastantes gramos de un trozo de carne sin cocinar, una rosca de reyes e innumerables papas. Cómo le gustaban las papas.
Pese a haberse convertido en integrante de una familia de cuatro (mis papás, mi hermano y yo), desde el inicio, se tejió un vínculo especial entre nosotros dos, como si al haberlo elegido, él me hubiera elegido a mí también. Por eso, cuando M y yo decidimos mudarnos a Toronto para que yo hiciera un PhD, Sancho siguió mis pasos. Dejó su casa frente al malecón de Miraflores para instalarse en un departamento en el piso 17 en la esquina de Charles Street y Yonge. Conoció la lluvia—aunque me miraba con cara de que podría habérsela ahorrado— y se maravilló con la nieve, que despertó un juvenil espíritu en él. Le dieron nuevas alergias, y dejó sus huellas y pilas por nuevos territorios.
Como pocos Beagles, Sancho era bastante parco y tranquilo. Nunca vino corriendo a la puerta a recibirme ni parecía festejar mi presencia con agitados movimientos de cola. Pero todas las tardes se echaba parsimoniosamente en el sofá a mi lado escuchando el tecleo de la laptop. Todos los días, sin falta, se rascaba contra los muebles para llamar mi atención. Durante la pandemia, período en que M y yo nos separamos, me podía pasar varios días sin tener una conversación con otro ser humano que no fuera mediada por una pantalla. Las únicas palabras que resonaban en el departamento eran las que iban dirigidas a este perrito, que me obligaba a salir todos los días del departamento y recorrer las calles nunca en línea recta en busca de nuevos olores. Así, la cotidianeidad se construyó de a dos y con un ritmo de seis patas.
En medio de las olas cierres e inicios que amenazaron con revolcarme en los siguientes años, Sancho fue mi ancla, mi cable a tierra. Era tan parte de mi día a día, que siento que hay momentos en que era casi invisible. Con invisible, no me refiero a que no lo veía o no me daba cuenta de su presencia, sino como la instalación de su presencia de una manera tan intrínseca, como si siempre hubiera estado ahí. Tanto así que logré olvidarme de que llegaría un momento en que ya no estaría.
Pese a que por años no se había caracterizado por ser afectuoso, a punta de años compartidos, me convertí en el lugar seguro de este perrito que confiaba en mí con una entrega que hasta ahora me sorprende. En sus últimos meses, en que había dejado de dormir bien por el dolor en las articulaciones y la demencia senil, parecía encontrar algo de alivio entre mis brazos.
***
El límite es el dolor, dice Katya Adaui, cuando habla de la línea que trazará la muerte de Mara, su perrita de 16 años. Desde que leí Quiénes somos ahora, esas líneas quedaron grabadas, porque sentía que iba a tener que recurrir a ellas en algún momento, cuando la salud de Sanchito empezara a decaer. Sin embargo, esta idea que asumí como certeza guarda una serie de incertidumbres. En las últimas semanas, he querido llamarla para preguntarle cómo se ve ese límite. ¿Qué señales debo reconocer? ¿Cómo sé si ya nos estamos acercando? ¿Cómo veo la línea?
“No existe una línea”, me dice mi amiga Fiorella. “Míralo más como check points. ¿Qué cosas puede hacer y qué cosas ya no puede hacer? ¿Cuántos días malos hay? ¿Cuándo empiezan a ser más que los días buenos? ¿Cómo está en una escala de dolor?”. Así, empieza el escrutinio del desgaste de las últimas semanas: anoto mentalemente cuántos pasos podemos dar en nuestras salidas, cuánto se ha acortado la distancia de estas, cuántas veces lo tengo que cargar para que lleguemos a un área verde, cuántas veces se despierta en las noches, cuánto tiempo dura cada episodio… Me veo analizando cada pieza de información, intentando reconstruir un diagnóstico que me ayude a anticipar lo que vendrá, que me dé una respuesta.
En mis registros, he marcado el inicio del declive en diciembre del 2025, aunque si algo he ido aprendiendo en la experiencia de perder a mi perrito es que, además de ciertas lecturas arbitrarias, hay signos que recién se pueden leer como síntomas pasado algún punto.
A fines del 2024, a sus 14 años, lo que parecían menores achaques de la edad se acentuaron. El 2025 fue particularmente desafiante, tanto para él como para Jorge (mi novio) y para mí. Como buen adulto mayor, Sancho empezaba a reclamar cada vez más cuidados y atención. Se despertaba todos los días a las 6:00 am y empezaba a dar vueltas por el departamento con insistencia, hasta que le prestáramos atención o le diéramos algo de comer. Necesitaba comida especial y una batería bastante impresionante de remedios y suplementos. Los paseos, que se habían multiplicado, requerían de horarios precisos, inmutables.
No fue, sin embargo, hasta diciembre del 2025, que se empezaron a prender las alarmas. Si los paseos de hacía unos meses eran de tan solo un par de cuadras hasta llegar al parque Baden Powell, de pronto, salíamos del edificio y solo podíamos llegar hasta la esquina de la cuadra. Con más frecuencia, sus patitas traseras se tensaban y, después de algunos pasos, parecían dejar de responderle hasta que no podía más y se desplomaba. Yo lo acariciaba un rato diciéndole que no se preocupe, le daba un besito en la frente y lo ayudaba a levantarse. La mayoría de veces, se volvía a levantar y se animaba a olfatear algún arbusto cerca. Poco a poco, los breaks antes de levantarse fueron extendiéndose, así como disminuyendo las veces que se animaba a levantarse solo.
Me tomó tiempo verlo y empezar a preguntarme si, tal vez, este era el límite del que hablaba Katya Adaui. Creo que hay cosas que no podemos ver, porque no estamos listos para verlas o porque estamos muy cerca de ellas y de quienes las padecen. Cuando escuchaba historias de amigos con perritos muy viejitos, que atravesaban dolores o que habían perdido ciertas capacidades, no las registraba como un espejo de la situación en que se encontraba Sancho. Parecían circunstancias tan ajenas, más graves. La vejez de Sancho no se veía como yo proyectaba la imagen de esos perritos. Yo miraba a Sancho y veía el ánimo con el que esperaba a que le sirviera su comida y la avidez con que la comía, casi como una aspiradora. Lo miraba mientras daba vueltas por el departamento y cuando se acercaba a mi pierna en busca de cariño. En nada de eso, podía ver sufrimiento. Esas eran las imágenes a las que me empecé a aferrar intentando ganar más días con él. Hasta que tomé distancia.
Jorge y yo nos fuimos unos días a la playa y dejamos a Sancho con mis papás. Cuando regresamos, empezamos a notar que no estaba durmiendo bien. Se quedaba dando vueltas hasta medianoche o una de la mañana, y se despertaba una o dos veces más en la madrugada. Durante el día, dormía más, pero sobre todo, con un cansancio más pesado. Los paseos se redujeron a cargarlo hacia el pasto más cercano, acompañarlo unos minutos y cargarlo de regreso.
“Querida Katya, ¿este es el límite del que hablabas?”.
***
Llevamos una hora echados en el sillón. Llevamos varios días en esta posición. Lo miro e intento encontrar en sus gestos, en su respiración, en el ritmo de sus latidos, una respuesta.
“Quiero garantizarle una buena calidad de vida”, le he dicho a la veterinaria hace un par de horas. Entonces, ella me lee los resultados del sinfín de exámenes que le hemos hecho en los últimos dos días. Enumera otro sinfín de síntomas: la artrosis, el barro biliar, la pérdida paulatina de reflejos y de algunos sentidos, la demencia senil… No me dice si este es el límite.
Al final, todos los datos llevan a una pregunta, más bien, filosófica: ¿qué es calidad de vida para mí? Viendo el día a día de Sanchito, reconociendo cómo es él, qué le gusta, qué disfruta hacer y qué ya no puede, ¿sigue teniendo calidad de vida?
Fleabag le confiesa al Hot Priest que quiere alguien que le diga cómo vestirse, qué banda escuchar, qué debe odiar... Yo quiero rogarle a la veterinaria que me diga cuánto más esperar, qué decisión tomar, cuál es la línea entre persistir y soltar. Quiero que pueda responder con certeza a una pregunta que está en escala de grises, porque no quiero ser yo la verduga de mi perrito. “Quiero alguien que me diga en qué creer”, dice Fleabag.
Bajo la vista para ver a Sancho apoyado en mi pecho. Ahora que su presencia ha dejado de estar garantizada, es más visible que nunca.
“¿Tú me vas a decir cuando estés listo?”, le pregunto. “Por favor”, le pido, “tú dime cuando sea el momento”.
***
“No sé qué hacer con esto”, dice Fleabag el día del velorio de su madre. “¿Con qué?”, pregunta Bu. “Con el amor que tengo por ella. No sé dónde ponerlo ahora”.“Yo lo tomaré”, responde Bu con una sonrisa en su rostro. Fleabag se ríe entre lágrimas, como si su amiga le hubiera hecho una broma. “Lo digo en serio”, afirma Bu, “Suena a un amor maravilloso. Dámelo a mí… Tiene que ir a alguna parte”.
Obras referenciadas
Adaui, Katya (2023). Quiénes somos ahora. Penguin Random House.
Schwartz, D. (s. f.). Calmly we walk through this April’s day. Poetry Foundation. https://www.poetryfoundation.org/poems/42633/calmly-we-walk-through-this-aprils-day
Waller-Bridge, Phoebe (Productora ejecutiva) (2019). Fleabag. Season 2 [Serie de televisión]. Two Brothers Pictures; BBC Three; Amazon Studios.




Rest in peace, sweet Prince <3